domingo, 7 de junio de 2015

como paja flotando en la espiral depresiva o noche oscura... y el hilo de Ariadna.

Páginas del libro a la deriva, 
que ahora recoge,
sobre la corriente del río
o sumergidas, emborronadas o claras:
la infancia pervertida,
la juventud traicionada,
la madurez fracasada,
la imposible vejez.

No quiere creer que el universo es bello,
lo vio en los ojos de un niño.
Aquel niño pervertido por los sacerdotes aún mira,
originario y puro, a su madre desnuda 
(rodeándola, las páginas empapadas 
de aquel libro).

Se propuso salvar al joven traicionado
por los hermanos mayores,
quiere beberte en la paz de este remanso
que ahora es todo el río.
(Se agita un pez (en lo profundo) y rompe
la fluida piel).

Ellos lo dejaron solo.
Estaban ocupados en el infierno de sus matrimonios,
en el hogar de sus triunfos cívicos, cultivando
rosas íntimas en sus invernaderos,
añorando sentimentalidades nuevas,
marcas registradas de un solo uso.

El mercado,
la raíz de las malas hierbas, construyó
templos laicos al dios plutónico,
impuso su ritmo seco en el asfalto,
su color eléctrico y eternamente ebrio.
Y los amaneceres sucios
y los ocasos turbios
fueron paréntesis de una noche sin estrellas.

Aquello ocurrió cuando su generación,
perdida entre dos generaciones fuertes, sucumbía
entre los sueños posibles
de los vendedores de utopías
y los salvadores crueles.
Mientras vomitaba en las esquinas marcando territorios
o merodeaba alrededor de los palacios 
donde viejos camaradas
agonizan sin remordimientos 
y, al fin, se corrompían.

Fue su inabarcable angustia,
su joven sed de muerte
aprendida en las blasfemias de los pupitres escolares,
cuando el maestro dogmatizaba recitando a Bécquer.

Y así Rimbaud nació para dar vida al niño
de ojos glaucos, porque la alquimia 
de las palabras se había vuelto simulacro
y el poema, roto en ingeniosillos brillos,
moda,
y la lucha a muerte contra Dios quedó
en una movida de adolescentes casi heridos,
hijos de papá, burócratas en lugar de campesinos,
obreros satisfechos, 
masas en lugar de pueblos
dulces para los tiranos.

Como paja flotando en la espiral depresiva
o noche oscura, encuentro directo con la muerte.

Algunos han identificado la "noche oscura" (expresión de Juan de la Cruz) con las depresiones que, al parecer, sufría este poeta místico. En mi caso la depresión, diagnosticada médicamente, ha sido anímica y emocionalmente noche oscura.

Como aprendí del hongo sagrado la depresión es remolino que se aparta del fluir permanente y acumula toda la suciedad que arrastra el río de la vida. Ese remolino no se drena hacia el fondo sino hacia lo alto. Por eso la otra imagen fue la del azul cielo cruzado por la dorada rama. Un cielo con el resplandor de la puesta de un sol que bien pudiera ser amanecer, tal y como pude ver aquella tarde en las nubes iluminadas del este.
En las escamas del pez del sueño descubre un libro 
aún no escrito, un libro húmedo de letras emborronadas.
La poesía correcta, que cumple con su deber, 
no es toda la poesía. 
Frente a la guerra de camarillas propone
una guerra de guerrillas. 
Es el momento de la restitución, camaradas, 
paradoja de la imposible vejez.
Porque lo cierto es que estuvo condenado
y fue salvado sin permitírsele otro visado
que el amor.

La pregunta espera una respuesta.
Repetir lo que ya sabes para lograr tu asentimiento. 
Contradecirte y, así, prolongar el encuentro. 
(Bienaventurado olvido). 
Por supuesto... pero lo que quiere es sonreírte 
(con las palabras (ondas) sobre ondas) no puede si 
(olvido) no encuentra la cosa 
(las ondas (ese centro) sobre ondas), 
ni sabe qué ni cómo hacer para 
que sus palabras te besen sin halagarte, 
ni te ofendan porque niegue 
o sea hipercrítico y mordaz ((sin negarte) 
en la oscuridad) como ruiditos sobre el silencio 
(o rumorosos destellos)
(runrún)(muamuá)(parpadeantes fuegos 
en la noche de agónicos g(ay)ritos)).

En ese laberinto encuentra el hilo de Ariadna.